Un día tuvimos demasiado trabajo en la agencia. Todos estábamos a las carreras, sin importar el puesto en que nos desempeñaramos. Uno de mis compas de producción me pidió que le tirara paro y fuera a recoger a unas chicas a una locación de una parte popis de la ciudad y las trajera de regreso a la agencia.
-No mames cabrón, que para eso están las camionetas de la empresa.
-Ya lo sé, pinche Javo. Pero todo mundo anda vuelto loco con la nueva cuenta. Tira paro, no seas ojete.
-Pero me das para la gasolina..
-¡Simóóón, wey! ¿Cuándo te he dicho que no?
-De acuerdo.
-Oye wey, ¿tienes los papeles en regla de tu coche?
-¿Y eso qué tiene que ver?
-Que podría detenerte una patrulla.
-¡No seas mamón, cabrón! ¿Pues a qué pinches viejas voy a ir a recoger?
-A unas extras del comercial de maquillaje.
-¿Y cuál es el pedo?
-Que son ocho.
De inmediato me brillaron los ojitos. Ocho nuevas oportunidades de meterme en la entrepierna de alguna de ellas, o de que alguna se pegara a la llave, con unos guagüis; además de chingarme el dinero de la gasolina para comprar cerveza y cigarrillos. Pero fue cuando caí en cuenta.
-Wey -le dije a mi compa-. En el bote pateado solo caben cinco pasajeros. Seis, apretaditos. Pero conmigo, somos nueve.
-Tira parooo pinche Javooo…
-Va, culero.
Quise pasar al baño a firmar. Se siente bien gacho estar atrapado en el tráfico y no tener un lugar donde “echar el miedo”, y en compañía de ocho señoritas, pues peor. Fui hasta ahí y me detuve en el cruce de pasillos para dejar pasar a una chica. Se volteó, me sonrió y me agradeció el gesto. “No tienes nada que agradecer, mamacita. Sólo lo hice para verte el trasero”. Mié, me fui al bote pateado y me trepé. Le rogué a Baco, Dionisio y a todos los dioses de la peda para que me alcanzara la gasolina (para variar, el medidor del tanque no servía y no me acordaba cuando había sido la última vez en que le eché gasolina al patas de hule), teniendo que sobornarlos con un sacrificio de alcohol y sexo para el próximo fin de semana. Llegué al lugar indicado sin contratiempos. Por suerte, no estaba demasiado alejado de la agencia. Sabía que algo se me había olvidado y fue cuando me dí cuenta: no sabía quienes eran las chicas, y ahí había un chingo. Comprobé más allá de cualquier duda la máxima de “la cosecha de mujeres nunca se acaba”, y en ese lugar, ciertamente su número era infinito. Rita me sorprendió pajareando a las chicas. Me agradé de verla. Una chica de la agencia muy agradable y simpática, tablificada, pero buena onda. No me atraía en absoluto. Tanto así que jamás hubiera aplicado con ella la de “hoyo aunque sea de pollo”.
-¿Qué haces aquí, Javo?
-Vine a recoger a unas chicas.
-¡Ah! Entonces somos nosotras. Me da gusto que hayas podido encontrar una camioneta para llevarnos.
-Rita, no traigo camioneta de la empresa.
-¿Entonces?
-Bote pateado.
-¿Y apoco si podremos caber todas?
-Si hay lugar para ocho chicas en mi cama, seguro cabrán en el coche.
-Pero no somos ocho. Somos 12.
<<No mamesss…>>
Lo bueno de las chicas que salen en comerciales, es que por lo regular todas son muy delgadas, y tomando en cuenta la fisonomía de las chicas mexicanas, chaparritas. No debía de tener problemas en convertir el bote pateado en un “coche sardina”. Pues muy delgaditas y muy chaparritas, pero no cabían las 12 chicas, más Rita más yo. Entonces, a grandes males, grandes remedios. En la cajuela zampé cinco chicas. Ni pedo. En el asiento de atrás, otras cinco. Las otras dos y Rita, en el asiento del copiloto. Bendije mi buena suerte, pues al ser el coche estándar, al cambiar las velocidades, rozaba la pierna de una de ellas. ¡No lo hice adrede! Sólo se dió. Y ahí vamos, en plena avenida principal, un coche madreado con 13 viejas bonitas echando desmadre e increpando a los hombres de los autos que nos rodeaban. Por supuesto, el estéreo desquitó los watts que se tragó del acumulador. Éramos una discoteca ambulante. Y aunque no podían bailar, las chicas hicieron que el auto se mesiera al ritmo de la música y el contoneo de sus caderas. Era sólo cuestión de tiempo para que pasará, cuando pasó. En un semáforo, me abordaron unos compas del auto que estaba justo al lado de mi ventanilla. Eran tres weyes, todos jóvenes, de no más de 27 años de edad.
-¿Qué onda? .me dijo el de la ventanilla.
-Quiubo -le respondí entre música, gritos, risotadas y mentadas de madre de las chicas.
-¿Y eso que llevas ahí compa? -dije señalando a las chicas-. Pinche suertudo.
-Nel -le dije-. Trabajo.
-¿Neta?
-Simón. Por una lana puedes, ya sabes… -dije señalándolas.
Me dí ínfulas de algo que no era, pero tenía que aprovechar el momento para marcar “territorio”. En ese momento eran “mis” chicas, y ni ese wey ni nadie, las iba a conseguir gratis.
-Toma mi tarjeta -agregué-. Presentaciones todos los viernes a las 10 de la noche en el bar “Garganta de Lata”. Lleva tus condones.
El tipo me la recibió con una sonrisa en los labios.
-Diles que vas de mi parte. No hay falla.
-¡Gracias, compa! -se despidió, pues el semáforo había cambiado a verde.
La chica a la que le rozaba la pierna con la palanca de velocidades se me quedó viendo con cara de extrañeza.
-No mames que tú eres el tipo que lee poesía en el Garganta de Lata.
-El mismo -le dije.
-¡Qué chingón! Mi hermano ya me había hablado de tí. Se arman buenos desmadres cuando te presentas.
-Sí, es lo que suele pasar. Y tú, ¿has ido a una de mis lecturas?
-No, pero me gustaría -me dijo, guiñandome un ojo y mordiéndose el labio inferior.
<<Pinche Javier suertudo, ya chingaste>>
Y así fue como conseguí una nueva adepto a mi poesía y cumplí con mi promesa de evocar al sacrificio con alcohol y carne en favor de los dioses por no haberme desamparado ese día, en ese lugar, rodeado de 13 viejas desmadrosas y una manada de machos lujuriosos.