El rugir del motor V12 del automóvil deportivo es el vivo anuncio del fin del mundo. No es posible dejar de hacer lo que se realiza para voltear la mirada y verlo pasar, aunque sea solo un efímero momento, para perderlo de vista entre el tráfico citadino, a esa hora, en esa zona de la ciudad. La forma en la que es conducido es sin duda un boleto sólo de ida al más allá, al igual que también lo es para cualquier desdichado automovilista o peatón que tenga la mala suerte de cruzarse en su camino.
El conductor baja la marcha y el motor gruñe como un animal herido, frenando el auto sin tener que pisar los frenos, llevándolo al límite. Por breves momentos, el Lamborghini Aventador se convierte en una bomba a punto de explotar. Pero la pieza de ingeniería de alto desempeño ha sido creada para eso, en las manos correctas, desde luego, como es el caso.
Al llegar a la intersección, el conductor acciona el freno de mano y bloquea las llantas traseras para acto seguido, dar el volantazo a la izquierda, con lo que consigue derrapar al colosal misil italiano, que se comporta ahora como un demonio embriagado de poder, aullando y desafiando a los mismísimos ángeles de la creación, exigiendo venganza. El conductor acelera a fondo recobrando el control del auto, conduciendo ahora a la enorme bestia metálica de nuevo, a su destino final, mientras sale catapultado hacia adelante, desafiando a la trompeta del arcángel Gabriel.
Minutos después, el “toro” disminuye su intempestiva carrera y gira a la derecha, en dirección a la entrada principal de la mansión. La gente, también rumbo a la gala, se aparta para dejar avanzar al monstruo mecánico. Su carrocería azul cobalto emite destellos y reflejos bajo la luz de las farolas. Cuando al final el auto se detiene y pone su motor a “dormir”, abre su portezuela y libera a su conductor, quien luce un espectacular vestido rojo de gala, con escotes de infarto al frente y a la altura de la pierna izquierda.
La gente alrededor murmura cómo es que esa amazona de cabellos negros y tez clara ha podido domar al Kraken, calzando las sandalias de tacón que luce. Tiene el cabello recogido y rubíes engarzados en platino en su cuello, orejas y muñeca derecha. Su angelical rostro luce una sonrisa capaz de derretir hielo. La chica es de esas personas que es capaz de hacer hervir los mares o cimbrar la tierra, ya sea para conseguir placer o sembrar caos y destrucción. La mujer no camina, flota mientras se desplaza, ayudada por su estética figura, derrochando clase por donde pasa. Es capaz de hacer del más común de los gestos, la más sensual de las caricias. Así es ella… hasta que recuerda que tiene estropeado el maquillaje de alrededor de sus ojos, por haber llorado de la manera en la que lo hizo, un par de horas atrás, cuando su actual ex pareja terminó con ella. Sin importarle nada más, de su media izquierda, aprisionada por su liguero de encaje negro, extrae y empuña un frasco metálico con uñas pintadas de sangre y bebe su contenido de un trago, como si el dorado licor pudiera borrar su dolor. Al bajar el frasco, sus ojos aún vidriosos, brillan con la misma ferocidad que el motor del Lamborghini, más allá de su maquillaje y venganza...
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