011 Historias de Javier Pedroza

La agencia es un pequeño mundo en sí mismo. Es una pequeña jungla en donde puedes encontrar de todo. En ocasiones, es ese "algo" el que te encuentra a ti, sin que lo esperes en absoluto. Ese día estaba en la sección de oficinas de producción. No era raro para mí estar ahí, pues mi labor en el almacén estaba directamente relacionada con producción, al tener nosotros que montar y desmontar locaciones, luces, iluminación y cualquier otra cosa que se necesitara para la satisfacción de nuestros clientes.

-Oye Javier -me dijo una chica-, ¿qué crees de la muerte?
-No creo nada -le respondí-. Lo único que sé es que es mejor estar vivo que muerto.
-Entonces, ¿quieres llegar a viejo?
-La verdad es que no sé. Pero si vivo más tiempo, entonces tendré más oportunidades para tomar cerveza y fumar cigarrillos.
-¿Y para tener sexo?
-Por supuesto, para tener sexo también -agregué.
-¿Sabes? Yo no quiero llegar a vieja. No me atrae, no se me da. Prefiero vivir la vida, aquí y ahora y no preocuparme de nada más.

La retahíla que Yolanda recitaba no tenía sentido para mí. Yo ya conocía la fama que ella tenía en la empresa, de friki, pero no le daba mucha importancia. Una vagina es una vagina y mientras funcione, me sirve igual.

-¿No lo crees, Javi? ¿No te gustaría ser joven y no tener que envejecer? ¿Estar siempre en la cima de tus facultades y, una vez llegado el momento, irte y trascender? Pero no pasando por la vejez. ¡Eso es una mierda! Y yo sé como conseguir precisamente eso.

Yolanda se me quedó viendo, zalamera; mientras jugueteaba con su cabellera con la mano izquierda y se mordía el labio inferior. Estaba justo frente a la ventana, de espaldas, y el sol diurno se colaba por el lugar con la suficiente fuerza e intensidad como para atravesar la veraniega tela amarillo pálido con la que estaba confeccionado su vestido, largo hasta la rodilla, de tirantes. Eso fue suficiente para que pudiera ver, literalmente, a través del susodicho vestido. Le vi todo. O mejor dicho, vi que no tenía puesto lo que supondría que cualquier mujer tendría debajo de su vestido: sin brassiere, sin pantaletas. Sólo el vestido y su calzado flat. El sueño de cualquier pajero hecho realidad. Quitar, usar y poner. En tres sencillos pasos. Más fácil que la tabla del uno. Imposible fallar.

En eso estaba cuando sentí que se me paraba. En mi mente en ese momento, las posibilidades de hacerla gozar taladrándola me desbordaban. La haría aullar, como la perra mojigata que era; suplicar que le pusiera "fin a su suplicio", accionando los botones necesarios para liberar su placer contenido en esa diminuta porción de carne en forma de barro justo encima de la abertura de su vagina; y yo, como buen garañón, disfrutaría verla sufrir e implorarme hacerla venirse de una buena maldita perra vez mientras la ensartase de maneras inimaginables. Sí, eso haría. Pero Yolanda la freak había desayunado leche de magnesia de Phillips aderezada con Pepto Bismol, porque solo abrió la boca más que para cagarla, con lo que dijo a continuación:

-Vamos a suicidarnos, Javi. Así no tendremos que pasar por la puta vejez y seremos jóvenes por siempre.

Recogí mi pito del suelo, me di la media vuelta y me fui. De Yolanda, jamás volví a saber; hasta que un día me encontré en la puerta de entrada de la agencia un moño negro y una vacante disponible en producción.