009 Historias de Javier Pedroza

Después de un par de semanas de no saber de Elizabeth, me llamó por teléfono.
 
-Hola Javi.
-Hola -le respondí. (“Javi”. Así me llamaba después de hacer el amor) Estaba ansioso por saber de ella, pero no quería que se diera cuenta.
-¿Por qué no me has respondido el Whats?
-Porque te bloqueé.
-Sí, ya me dí cuenta.
 
<<Entonces, ¿para qué me preguntas, Elizabeth?>>
 
-Te llamo para decirte -continuó-, que estoy trabajando en una empresa productora de teatro, como actriz.
-¡Qué bien! Siempre supe que eras una excelente histrionista.
 
Ese comentario lo hice con todo el doble sentido del que fui capaz. Si ella se dió cuenta, lo disimuló de forma magistral. Actriz… si comprendes, ¿no? ¿Así o más irónico?
 
-Me preguntaba -agregó-, si te gustaría venir a ver mi debut.
-Me encantaría, pero no puedo -le respondí.
-No será lo mismo sin tí.
-Pero ya tienes a quien desflemarle el cuaresmeño, es imposible que me vayas a extrañar.
 
Y colgué sin esperar contestación, mientras me dirigí a mi refri, por una cerveza. La última lata estaba escondida entre papas viejas germinadas, cebollas cubiertas de “penicilina” y una zanahoria Frankenstein que tuve que madrear porque mi cerveza no quería soltar. ¡Pos ésta!

*****

Como chancero que se respete y a la vez chancero “respetable” (¿?), al puro estilo marinero, tenía un “amor” en cada puerto. Es un requisito ineludible. Tenía  un pollo que me andaba merendando en Acapulco, un quesito que me untaba en la entrepierna cada vez que iba al puerto, pues la agencia allá tenía oficinas. Era una morenaza de fuego. Bonita, pero de esa hermosura “simple, sencilla”, con cierto aire “rural”. Jeaneth. Una chica chaparrita, menudita, bonita y simpática. Después de rondarla un rato, me la tiré un par de veces en el puerto y otras en mi casa. Bueno, en mi depa (estaba bien buena); en mi penthouse. Bueno, la neta es un cuarto de azotea, pero tiene unas vistas chidas y ciertas ventajas: la azotea es para ti solo, puedes tener sexo con la puerta y ventanas abiertas, te guacareas donde quieres, y nadie te reclama porque la vieja que te tiraste es una cabrona escandalosa gritona. Además, puedo pasar todo el tiempo que quiera aporreando el teclado de mi máquina de escribir: una Olivetti Lettera color verde olivo. Toda una reliquia funcional (la poesía se ve muy chida escrita así, además de ser un imán para las mujeres que solo quieren tener sexo con el poeta -yo-)

Así las cosas, hablaba con Jeaneth todos los días, para mamacearla y hacer presencia, ya sabes. Amor de lejos, es de pen… dejo los insultos para otra ocasión. Ella decía que me era fiel. Claro. Tan fiel como lo era yo con ella. Un arreglo tácito en donde ambos sabíamos que no era así, pero que aceptábamos de buena gana. Hasta que un buen día, conocí en la agencia a Verónica, una chica de Mercadotecnia. Nooo mamesss. El cliché andante de las rubias: alta, bonita, cabello largo, lunar cerca de la boca, ojos claros, buena teta, buena nalga, buena pierna, entaconada, alegre y divertida. Pero ésta, de cascos ligeros. “Me vale madre”, pensé. Esto es solo para mojar la brocha sin compromiso, como debe de ser. Pero una agencia de publicidad es como un pinche call center: chisme bueno, jugoso y barato a granel. Me di cuenta de ello cuando una vez, la invité al bar Garganta de Lata a una de mis lecturas de poesía, para después del “evento”, terminar en mi depa, empiernados. No se lo dije con esas palabras, pero sí con toda la intención.

-¿Y no se enojará tu novia, Jeaneth?
 
<<Puta madre, ya se enteró.>>

-¿Disculpa, Vero?
-Ay Javier, que mal mentiroso eres. Y pensar que pudimos tener algo serio, pero veo que eres igual que todos los hombres.

Y muy digna se fue.
Ahora resulta que todos los hombres somos iguales, pero ¿y las mujeres de cascos ligeros? ¿No son todas iguales, también? Ahora resulta que la güerota es muy digna cuando su número celular es de dominio popular. Bueno, me valió madre y me fui al bar, a empedar. Y a leer. Y a fornicar. A quien sabe a quien.