Ya son casi dos semanas desde que me llamó Elizabeth por teléfono y no le contesté. No me dieron ganas. Preferí no hacerlo a insultarla y decirle que era una puta… ¡una puta barata! Me di cuenta que su abuela nunca estuvo mal de salud y de que ya tiene una nueva relación sentimental con un cabrón, allá en Monterrey. ¡Y la muy culera publicó las fotos en Insta! No me bloqueó. Yo la bloqueé a ella después de la chingadera que me hizo. No había necesidad de alejarse de mi 800 kilómetros si ya no quería estar conmigo, solo tenía que decírmelo, y ya. ¿Por qué tuviste que hacer las cosas así, Elizabeth? ¿No soy digno de que me digas las cosas de frente, como son? ¿Ni eso merezco de ti? Eres mala. Y yo un pendejo, por creer ciegamente que me amabas, cuando solo me viste la cara de imbécil. Como sea, no te deseo mal, pero tampoco te deseo que te vaya bien. Que te vaya como te deba de ir.
*****
Ricardo, uno de mis compas de la agencia, pensó que era buena idea hacerle una broma a su papá en su cumpleaños, llevando al cabrón poeta, trovador y loco del pinche Javier Pedroza a su fiesta, para que ese wey (yo), recitara los poemas que suelo leer en el Garganta de Lata. Algo me decía que las cosas se podrían torcer gacho, pero no me importaba. Lo único que quería es que alguien terminara con mi miseria y pusiera fin a mi sufrimiento por lo de Elizabeth, en caso de que se armaran los putazos en la casa de Rickis (no a la “altura” del Garganta de Lata, pero sabiendo que mi amigo vivía en Neza, bueno, había una gran posibilidad de que alguien me hiciera el favor.)
Después de empedarnos todos en compañía del festejado y de saber que, más allá de la broma, el señor en verdad quería que leyera mi torcida poesía, procedí a hacer lo que me pidieron ir a hacer. No era una concurrencia muy grande, pero era importante. Es decir, era la familia de Rickis. Tengo que decir que la verdad, a mí me valía madre lo que pasara en el sentido si les agradaba o no lo que fui a declamar -sorry Rickis-, pero más allá de ser un cabrón, no soy un completo cabrón. Tengo una especie de conciencia que se la pasa chingándome todo el día. Así que me encomendé a San Empédocles y procedí. Hubo de todo, solo que sin botellazos, navajas y bates de beisbol… Creo. No lo recuerdo muy bien. La estancia en el hospital por mis heridas y pérdida de conocimiento y memoria, no me permite recordarlo. En fin.
El punto es que conocí a Norma, prima de Rickis. Una chica simpática, no era bonita, ni tenía cuerpo de diosa, pero la chica tenía atractivo, tenía ángel. Es lo que se conoce en el argot como una gordibuena, y como tal, sus caderas y culo eran generosos y sus tetas, vaya que si lo eran. Platicamos el resto de la velada y nos caímos bien. Nos besamos y le metí mano. Literal. No me la tiré pero si me la chaqueteó con su boca. Nada del otro mundo, pero ver, sentir y experimentar su enorme melena negra en mi entrepierna, chupándomela mientras me veía a los ojos y me sonreía, la neta, me prendó de ella. Cambiamos celulares y hasta ahí.
A partir de ese momento, las cosas subieron de intensidad.
Me llamaba a la agencia o a mi casa. Eso no tiene nada de raro. Pero lo hacía en video llamada y teníamos sexo virtual. Me mandó muchos audios sexosos y fotos explícitas. Me volvía loco, la pinche Norma. Se me paraba y me excitaba cañón. Tanto así, que tenía que masturbarme o sufrir dolores de cabeza. Literal. No es una leyenda urbana. En verdad te puede doler el pipín si no lo “liberas” después de una intensa actividad sexual no coital.
Después de unos días, al fin la llevé a mi casa. Ambos ya sabíamos lo que iba a pasar. Y ella más. Se llevó lencería muy bonita, muy sexy. Cogimos muchas veces, hasta que ya no conseguí una erección. La hice como quise y le hice lo que me dio la gana. Y lo que ella quiso, también. Una cosa le reconozco. Estaba estrecha. Apretaba rico. Y yo no es que tenga una pinche boa, pero tengo un amiguito con el tamaño correcto y lo sé mover como debe ser movido a la hora del sin respeto.
Jamás podré olvidar la primera vez que la penetré, de misionero. Se aferró a la colcha con ambas manos y las retorció con furia. A pesar de morder mi almohada, pujaba y gemía como posesa, mientras apretaba los ojos. Sí, en verdad era estrecha y yo que se hacer lo que hay que hacer con el quipo que tengo, la neta, tuvimos buen sexo. Ya después me montó, lo hicimos de perrito, en la alfombra, el baño, las escaleras, la sala, el comedor y básicamente en todos los lugares que pudimos.
Con ella experimenté lo que en verdad es que se te roce el pito, al que bautizó como “Normo”. Supongo que lo llamaba así como para darme a entender que tenía exclusividad o potestad sobre él, y por consiguiente, sobre mí. Pero la neta no; eso no va con Normo.
Después de muchas veces más en donde me desflemó el cuaresmeño, me dijo que estaba embarazada de mí. Tal vez. El punto es que no sabía quien era el padre, pero que estaba muy “segura” que era mío. Por supuesto, eso me valió tres hectáreas cuadradas de clítoris, pues el hecho de que no supiera quien era el padre, me quitó cualquier tipo de obligación hacia ella. Sorry no sorry, mamacita. Esas chingaderas no van conmigo.