Ya
pasaron tres días desde que Elizabeth se fue, y no tengo noticias de
ella. La llamé varias veces en estos días, le escribí a su correo, hasta
le mandé mensajes a través del estúpido whats (lo odio, al cabrón) y
nada. Ni una sola y miserable respuesta. Es más, ¡me dejó en visto! ¿Es
que ni siquiera soy digno de eso, de obtener una respuesta? ¿De saber
cómo está? ¿Si le puedo ayudar en algo? No se vale. Yo la pienso. La
pienso mucho. Y lo hago bien, verdad buena que sí. Bueno, casi siempre…
Está bien. A veces le dedico algunas… ¡Me sacas de onda, Elizabeth!
*****
Después de la última lectura de mis poemas en el “Garganta de Lata”, en donde hubo bastantes mentadas de madre, me
puse más borracho de lo que ya estaba al comenzar la lectura, pues no
fue mi noche: se me cayeron las hojas en donde traía mis poemas, unas se
me perdieron, otras se quemaron, me aventaron una botella de cerveza
(¿qué necesidad había de desperdiciarla de esa forma, pudiéndola beber?)
Además, ya va más de una semana desde que se fue Elizabeth, y sigo sin
saber nada de ella. ¡Ah! Pero eso sí. En su Insta publica fotos en donde
se le vé muy feliz. ¿Pues no que se fue porque su abuela estaba mal de
salud? No me ghostees, Elizabeth. No me hagas esas chingaderas a mí… Por
favor.
*****
Estoy
en la agencia. Ya no estoy tan molesto conmigo. Al fin entendí que no
es culpa mía que Elizabeth no me conteste. Es algo que no puedo
controlar, aunque eso no lo hace menos doloroso. Pero no todo es malo,
para mí. Hace una semana conocí a una chica, Rosa Isela (Rosita)
trabajando en una producción para uno de los clientes de la agencia.
Alguna vez ví a la chica, pero nunca le puse atención. Hasta hace poco.
Nos conocimos, salimos, nos besamos, pero por alguna razón, nunca
terminé en su entrepierna. Y no porque yo no quisiera. Siempre me dejaba
“firme” y con “dolores de cabeza”, después de estar con ella. Creo que
eramos novios. Al menos así se sentía. Nos contábamos cosas y nos
consultabamos. Teníamos vida de pareja, pues, sin vivir juntos. Me
estaba enamorando de ella, con un amor limpio y sincero desde… sí, desde
Elizabeth. Una vez, tuve una pelea con Rosita y nos distanciamos. Un
par de días después, la ví con otro de los ayudantes generales, muy
abrazaditos, muy cariñositos. Los seguí por el almacén, más que nada
para hablar con ella. Quería saber en qué punto estaba nuestra relación.
Y sí, lo supe sin lugar a dudas cuando los encontré y ella tenía la
verga de él en su boca mientras se la chupaba. Éste recabrón alzó la
mirada, y mientras con la mano derecha empujaba más y más la cara de
Rosa en su entrepierna, con la izquierda me hizo la señal de la
“victoria”. Qué cabrona eres, Rosa. ¿Por qué me abandonaste, Elizabeth?
¡¿Por qué?!
Regresé con Joshua, uno de mis compas.
-¿Qué tienes, Javo?
-Pinche Rosa. Se la está chupando al hermano del Iván, allá atrás en el almacén.
-No mames, Javo. ¿Por eso haces tanto pedo?
-¡No mames tú, Joshua! La chica que quiero está teniendo sexo con otro cabrón.
-Relááájateee,
Javooo -me dijo Joshua muy jovial-. Tomalo por el lado amable. La cama
de Rosita tiene más huellas que una playa en pleno verano, y su teléfono
es de dominio popular. ¿Cuántas veces te la tiraste?
-La neta, ninguna.
-Ahí
está, cabrón. No te vas a tener que poner inyecciones de penicilina por
culpa de la sífilis o la gonorrea. Vas a ver como en no más de unos
días, al hermano del Iván se le cae el pito. Ya verás…
-¿Por?
-¡Pues porque esa chica tiene el culo radioactivo, Javo! Por poco engrosas las filas del club de los “hermanos Carnation”
-¿Qué?...
-¡Hermanos
de leche, cabrón! Por poco te toca revolver la nata de cuánto
hijueputa… no te pierdes de nada. Además, ya no aprieta.
-No seas cabrón, Joshua.
-¿Cabrón
yo? ¡Cabrona ella por pinche cascos ligeros!... Ya wey, no te pongas al
pedo. Mejor vamos al Garganta de Lata a echar unos tragos. ¿Recuerdas
lo que siempre te he dicho?
-Sí, wey. “La cosecha de mujeres nunca se acaba”.
-Exacto,
cabrón. Nunca se acaba. Ya me darás las gracias por haber salvado tu
cosa de una amputación y poder hacer gozar a las nenas que vienen.
Y cuánta razón tenía el pinche Joshua. Seguiría conservando mi tilín por mucho, mucho tiempo más. Y de lo otro, no sé.