Acompañé a Elizabeth al aeropuerto. La llevé, tal como le había dicho. Fue una sensación difícil, para mí. No quería que se fuera, pero al mismo tiempo sabía que debía hacerlo. Sentí que me quitaban un pedazo de mi corazón y se lo daban crudo a los perros. Lucía radiante, como de costumbre. Documentamos su equipaje y la acompañé hasta la sala de abordar. Llegó el momento y la despedí, al fin. La besé sin una gota de lascivia en mi ser. Todo fue ternura. Le dí un abrazo y la ví desaparecer a través del pasillo que conduce a la puerta del avión.
“No voltees, no voltees, no voltees”, pensé con fervor.
Pero lo hizo.
Se detuvo, volteó, me miró, sonrió, se despidió con la mano y me lanzó un beso…Fue la despedida más dulce y dolorosa de la que fui participe nunca. Una lágrima recorrió mi ajado rostro sin afeitar. No pude más y me derrumbé. Me senté en un asiento vacío, tapé mi rostro con ambas manos y lloré. Lloré como un niño pequeño que se ha separado de su madre. Estuve ahí lo que para mí fue una eternidad. Cuando al fin me tranquilicé, fui al bar del aeropuerto. No es algo que haya planeado, simplemente llegué ahí. Me senté en la barra y pedí una cerveza. La apuré de un trago. Se sentó a mi lado una chica muy bonita. Le calculo no más de 24 años. Llevaba un vestido rojo ceñido, con la falda por encima de la rodilla.
Ya decía yo que no era normal que una chica bonita de aquellas características se acercara a un tipo como yo, de buenas a primeras.
De haber sido otras las circunstancias, me habría ido con ella. Pero uno, no traía tanto dinero conmigo. Dos. No iba a traicionar a Elizabeth ni a su hermoso recuerdo, a no más de 5 minutos de haberse marchado. Tal vez a 6…